Por José Félix Lafaurie Rivera
La Convención Conservadora derrotó la mermelada. El mandato rotundo de las mayorías, desvirtúa los intentos de propios y extraños, por deslegitimar una auténtica expresión democrática. El resultado no pudo ser más formidable y contundente. Las bases eligieron el honor y el derecho de la colectividad a representar los intereses genuinos del conservatismo. Rechazaron el “unanimismo” que pretendía perpetuar el Gobierno a punta de cucharadas de “mermelada”. De rebote, evidenciaron el inconfeso temor por una fórmula alternativa para ese 30% de colombianos con intención de “voto en blanco”, que sin duda forma parte del 63% no reeleccionista. Los “azules” fracturaron la Mesa de Unidad Nacional, orillaron al santismo a la incertidumbre de la segunda vuelta y sacudieron a su propia dirigencia, con un llamado a la coherencia doctrinaria y moral.
Sí. Fue un hecho político contundente. La injustificada silbatina contra el Senador Gerlein y el respaldo absoluto a Marta Lucía Ramírez, como candidata propia del partido, fueron manifestaciones rotundas de los indignados. No era para menos, ante el descrédito al que fueron sometidos los partidos de la Mesa de Unidad Nacional, tras el destape del computador de Palacio. Los convencionistas, incluso los que fueron tentados con la mermelada, votaron contra la reelección y la venta sin pudor de la colectividad, a cambio de prebendas burocráticas y cupos indicativos, que no produjeron el resultado esperado. Y claro, la ira por el sorpresivo “conejo” desde la propia base de los “alfiles del santismo godo” terminó en la impugnación de la convención ante el Consejo Nacional Electoral.




