Unos minutos después de las tres de la tarde del pasado domingo 7 de agosto, el presidente del congreso Roy Barreras le tomaba el juramento al nuevo presidente de la república de Colombia, Gustavo Francisco Petro Urrego, quien en medio de una inédita posesión llena de simbolismos y con un discurso que ha generado expectativas, se convierte en el primer presidente de izquierda que llega a la Casa de Nariño en medio de una enorme incertidumbre política y económica.
Pero más allá de las escenas anecdóticas como la vivida con la espada de Bolívar, con la cual el expresidente Duque se despide de su presidencia al negar que esta sea sacada de la Casa de Nariño para ser usada en la ceremonia de posesión, el gobierno que entra se enfrenta a retos mucho más desafiantes que la de una acción que los críticos han denominado una pataleta “infantil y mezquina”, la cual quedó conjurada con la primera orden presidencial a la casa militar para que la espada fuera llevada a la tarima como de hecho ocurrió.
Con un gabinete incluyente en donde tienen presencia, comunidades afros, mujeres, miembros de la comunidad LGBTI, académicos, tecnócratas, jóvenes, ambientalistas y por supuesto todas las fuerzas políticas que ayudaron a consolidar el proyecto político que llevó a Gustavo Petro a ganar las elecciones el pasado 19 de junio, se pude evidenciar la fuerte influencia del santismo con Alfonso Prada como nuevo ministro del interior, quien no solo le garantiza una enorme movilidad sino que facilita las relaciones con el Congreso y las demás fuerzas políticas, manteniéndolas cohesionadas alrededor de la coalición de gobierno que le permitirá adelantar en el primer año las reformas que necesita para cumplir su programa de gobierno denominado “Colombia potencia mundial de la vida”.




