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La egopolítica: la era de los dirigentes narcisistas

El modernismo, con su brillo que entusiasma y su bulla incesante, ha convertido la vida pública en un escenario de luces que encandilan más de lo que iluminan.

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El modernismo, con su brillo que entusiasma y su bulla incesante, ha convertido la vida pública en un escenario de luces que encandilan más de lo que iluminan. En ese resplandor excesivo nace la egopolítica, un arte invertido donde gobernar deja de ser un servicio social y se convierte en un ritual íntimo: una ceremonia del yo. Allí, el poder ya no es una relación hacia los otros, sino un espejo donde el dirigente abraza su efímero reflejo hasta sentirlo y creerlo eterno.

La egopolítica comienza cuando el corazón del gobernante deja de latir al ritmo de su gente y adopta el compás de sus propios temores e intereses. Entonces las decisiones no se toman por justicia ni por bien común, sino para sostener la forma frágil de una imagen inventada.

La política se vuelve una comedia: el líder actúa para sí mismo, se aplaude en silencio y ensaya cada gesto como si en él se jugara el destino del mundo. La crítica se vuelve daga, la discrepancia una traición, y el poder un disfraz que debe ajustarse cada día para no desmoronarse.

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