Por Leonardo José Maya
Después de la última guerra quedamos dispersos. Habíamos vencido pero estaba herido, con varios de mis hombres moribundos y la situación era realmente difícil.
Entonces apareció ella, con ropajes níveos y turbante inmaculado, con sus propias manos cambió mis ropas, lavó mis heridas, perfumó mis sienes con hierbas sagradas y también curó a mis hombres.




