Cuando se consulta el diccionario, la palabra corrupción tiene dos definiciones; la primera: “acción de corromper o corromperse” y la segunda: “Situación o circunstancia en que los funcionarios públicos u otras autoridades están corrompidos” sin embargo, podría decirse que lo que el diccionario o la Real Academia de la lengua Española (RAE) hace, es definir la consecuencia de la acción de la corrupción y no realmente su origen y por qué habita en el ser humano.
Si bien es cierto que este flagelo es universalmente conocido y se da en todas las latitudes, en nuestro país y particularmente en los países latinoamericanos, del Caribe y los países pobres, este fenómeno pareciese que es la constante; entonces, se podría deducir sin mayor análisis que la corrupción está asociado a la pobreza, al bajo nivel educativo o a la falta de oportunidades; pero, si esto es así ¿Qué pasa entonces cuando se da en los sectores sociales más altos o en las más altas dignidades del estado donde se supone sus habitantes tienen acceso a mejor educación y formación?
La respuesta es un rotundo ¡No!, no tiene nada que ver, si bien pueden estar relacionados no son principalmente los insumos para que una sociedad elija el camino de la corrupción como un método de surgir, crecer económicamente, ser reconocido etc; desde este espacio entonces trataré de hacer una nueva aproximación a lo que realmente motiva al ser humano a este tipo de comportamientos y actitudes.




