La prensa amarilla, y en especial quienes la representan, encabezada por periodistas en quienes la pérdida de su yo interior los conlleva a lo demoniaco —tema analizado a fondo por la escuela existencialista—, vive despotricando con la mentira y la malversación de la información para desprestigiar a la clase política. Se ve, por ejemplo, en las confrontaciones por la lucha del poder a sus opositores de turno, que cuando sienten la fuerza y atracción demostrada por las masas populares bajo la empatía, el afecto y programas de gobierno claros, no les quedan más recursos que la desinformación a través del engaño y la calumnia, tal como han querido hacer con Abelardo De La Espriella —el candidato posible ganador para las próximas presidenciales— por parte de locutores locuaces, repelentes y malignos, llenos de odio y miseria social.
Las naciones no se destruyen únicamente por la pobreza o por la violencia. También comienzan a deteriorarse cuando la verdad pierde valor en la vida pública y la mentira se convierte en un instrumento cotidiano para conquistar aplausos, sembrar odios o destruir adversarios.
Cuando el ser humano se pierde dentro de la multitud, el individuo deja de ser un ciudadano libre para convertirse en un repetidor de consignas, rumores y prejuicios. La verdad deja de buscarse y comienza a fabricarse; aquí nace el chisme propio de las mentes obtusas, resentidas y vacías que, cuando tienen el poder de los medios de comunicación hablados o escritos, se sacian en la humillación y el desprestigio de todo lo que se les opone en su paso.




