COLUMNA

La ciudad que nos robaron

Lo que está en juego no es solo la vida de una persona, sino la existencia misma de la ciudad que conocemos y amamos.

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Hace años, Valledupar era sinónimo de tranquilidad, un lugar donde la vida transcurría sin las sombras que hoy la acechan. Caminar por sus calles, bajo el ardiente sol de mediodía o al suave ritmo de un vallenato en la distancia, era un acto simple, libre de temores y cargado de confianza en la vida cotidiana. Pero esa Valledupar, la ciudad que conocimos y amamos, nos la han robado. Hoy, vivimos en un lugar donde el miedo ha tomado el control, donde cada paso que damos se ve envuelto en la incertidumbre de lo que pueda ocurrir.

La creciente inseguridad ha transformado nuestra ciudad de maneras que hubiéramos considerado impensables hace unos años. Lo que antes era un simple paseo, ahora se ha convertido en un recorrido lleno de tensiones, en una constante vigilancia por sobrevivir en un entorno que ya no se siente nuestro.

El asesinato de Joe Cabrera o la reciente masacre en el corregimiento de Caracolí, a tan solo 150 metros de la cabecera municipal, que cobró la vida de cuatro personas, son solo unos cuánto ejemplos de las muchas tragedias que nos recuerdan lo lejos que hemos llegado de aquel Valledupar que una vez fue seguro y acogedor. Las calles que antes recorríamos con confianza se han convertido en terrenos de caza para los criminales. El miedo se ha vuelto nuestro acompañante constante, y cada sonido, cada sombra, nos recuerda que ya no estamos seguros, ni siquiera en nuestra propia tierra.

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