La historia dice que Los Venados tuvo dos grandes bonanzas: la primera fue la del bálsamo y luego la del algodón. Sobre la bonanza del bálsamo no hay mucha información ni testigos que puedan ampliar los detalles de esa época, pero la del algodón sí está viva en la memoria, no solo histórica sino en el recuerdo, de quienes crecimos encima de las lonas, paseamos en un zorro lleno de sacos, o nos pusimos un “campeón” para colgarnos uno en la cintura y, por supuesto, sabemos a qué huele una mota recién cortada.
Creo que hubo tres cosechas: las de 1976, 1977 y 1978. La primera no la recuerdo porque aún estaba muy pequeño, pero la segunda y la tercera son parte de mi infancia y de la historia más fantástica de mi vida, en medio de un sembrado con un paisaje que parecía salido de una postal. La historia del algodón es y será esa cicatriz de una gran herida que abrieron cuatro malparidos que, por una decisión egoísta, se tiraron toda la economía y el futuro no solo de una región sino del país entero; pero ya eso es llorar sobre la leche derramada y mejor recordemos lo bueno de la época del oro blanco que tuvo en mi familia un antes y un después.
Las tierras de Brasilia fueron volteadas con arados luego del periodo de lluvias. Para mí, sentarme en el guardabarros del tractor y ver el espectáculo que hacían los discos cuando abrían los surcos y sentir el olor a tierra mojada, no tiene comparación.




