La amistad es vendimia de luz en los pies del caminante y se fortalece con la cordialidad, el respeto y la reciprocidad. La amistad es un tesoro sagrado que enaltece los jardines del alma; por eso, cuando a los amigos se les nombra, su presencia florece en nuestras manos.
Hay amigos del tiempo, que surgen en las etapas cronológicas de nuestras vidas. Los hay de la infancia, cuya procedencia está ligada a las fábulas maravillosas de los abuelos y a los recuerdos del barrio y de la escuela. Ellos se aposentan en la memoria como espejos de luna en la noche silenciosa o epigramas de arcoíris en las ventanas de los amaneceres.
Hay amigos de la juventud, aliados en el estudio y el deporte, compinches de las primeras conquistas de amoríos y en osadas travesuras libertarias; ellos guardan los íntimos secretos de las fantasías del corazón y las confidencias humedecidas de congojas. Hay amigos de la madurez que convergen en el hábitat del trabajo y en la forma de concebir la vida. Esos amigos se unen en la música, la poesía, la fiesta y en tantas cosas del alma.




