COLUMNA

Justiniano, Belisario y la clausura de la academia de Platón

Desde luego que no se trata de Belisario, el expresidente de Colombia, sino del joven que había nacido en la Tracia de la Grecia antigua, quien a los 25 años ostentaba las charreteras de general del Imperio Romano de Oriente bajo el emperador Justiniano, alrededor del año 532 d. C.

canal de WhatsApp

Desde luego que no se trata de Belisario, el expresidente de Colombia, sino del joven que había nacido en la Tracia de la Grecia antigua, quien a los 25 años ostentaba las charreteras de general del Imperio Romano de Oriente bajo el emperador Justiniano, alrededor del año 532 d. C.

Su capital, Constantinopla —llamada Bizancio antaño y Estambul hoy— fue y es una ciudad espléndida, como me consta. Aún podemos contemplar monumentos señeros como la célebre iglesia de Santa Sofía, que fue cristiana, luego musulmana, y que hoy conserva su majestuosidad. Allí estaba el antiguo hipódromo, la inmensa Cisterna, fragmentos de murallas de tres metros de espesor, etc. En aquella época contaba con decenas de miles de habitantes (600.000, como la Valledupar actual) y una muralla de gran envergadura rodeaba la ciudad, con 50 portalones y el rutilante canal del Bósforo que la conectaba entre Asia y Europa.

Allí reinó el emperador Justiniano con su consorte, la emperatriz Teodora, de armas tomar, él de origen macedonio, por casi cuarenta años desde 527, sobrina de su antecesor, Justino. Seguramente Justiniano fue su emperador más célebre: organizador de la vida civil y, a la vez, precavido en lo político-militar. Su general más célebre fue precisamente Belisario.

Justiniano se propuso compilar la fecunda legislación romana de su tiempo y de tiempos anteriores, y así formó un grupo de diez juristas bajo la dirección de Triboniano, quienes en 529 dieron a conocer el Codex Justinianus, compuesto por doce libros con 4.652 leyes; seguido de cincuenta volúmenes de opiniones legales de los siglos II y III, considerados como la edad de oro del derecho romano, orientando a jueces en la interpretación del código. Había, además, la particularidad de que el emperador era absoluto y su palabra, la ley.

Este código, que articuló la conjunción entre el emperador y el Estado —lo que hoy a menudo llamaríamos dictadura si se desbordara—, se apoyaba en la idea de que el emperador, aunque teóricamente absoluto, estaba normalmente sometido a la ley. El código fue usado durante los mil años siguientes y finalmente permeó la legislación y jurisprudencia occidental; por ello Justiniano es considerado personaje del Oriente y del Occidente.

Pero en Justiniano hay un empero o, si se quiere, un sinsabor. En el año 529, cuando dispuso cerrar la enseñanza impartida por la célebre Academia de Atenas, fundada por Platón en 387 a. C., se convirtió en un firme cristiano que consideró inconveniente la enseñanza de la Academia pagana. Por este hecho hay estudiosos que sitúan ese año como la verdadera fecha del fin de la Antigüedad. Muchos opinan que fue un acto puritano de Justiniano, pues la Academia ya estaba reducida a unos pocos devotos que, ante esta coyuntura, trasladaron su saber hacia el Este, especialmente hacia la antigua Persia; Bagdad fue una de las ciudades más favorecidas, donde se conservó la producción filosófica de Aristóteles, y de allí pasaría más tarde al Occidente. Otros sostienen que la Academia aún conservaba el saber y el sabor de la Grecia clásica, y que Justiniano se precipitó. En conjunto, muchos consideran que la campaña religiosa de Justiniano, que persiguió a quienes no aceptaban la ortodoxia de la Iglesia, dejó como logro notable la clausura de la Academia ateniense.

En definitiva, Justiniano fue civilista y, al mismo tiempo, un hombre de religión dispuesto a defender dos posturas, incluso a costa de la paz. En esa dualidad se revela un hombre con voluntad de poder omnímodo.

Por Rodrigo López Barros

rodrigolopezbarros@hotmail.com

TE PUEDE INTERESAR