Por: Valerio Mejía Araújo.
Es muy importante atesorar y meditar las promesas del Señor para nuestras vidas. El valor que le concedemos a la voz de Dios es lo que determina el grado de atracción de esas promesas a nuestras vidas. Cuando atesoramos sus promesas manteniéndolas cerca de nuestro corazón y anclando nuestras almas en ellas por medio de la meditación poderosa, demostramos que creemos que son verdad y mostramos confianza práctica en aquel que nos las dio. Esa confianza le demuestra a Dios que puede confiarnos más cosas.
El destino de David, como rey no comenzó con su ascenso al trono, sino con la declaración de Dios de ese destino por medio del profeta Samuel. Seguramente, hubo días en el desierto cuando la única evidencia que podía presentar como prueba de que la promesa era cierta, era su recuerdo de lo que Samuel había dicho y el aceite derramado en su cabeza. Pero el hecho de que David fue detrás de su promesa hasta alcanzarla, sin renunciar ni tomar atajos, es evidencia clara de que creía lo que Dios había prometido. Su fe no estaba basada en circunstancias cambiantes, sino en el conocimiento que tenía de Dios por la historia que tenían juntos. Como Sara, él también “creyó que era fiel quien lo había prometido”.




