Han transcurrido dos años y medios desde la histórica elección que llevó a Gustavo Petro a la Presidencia, elección que rompió el paradigma social y político sobre la total hegemonía de gobiernos de derecha. Poco queda ya de aquella ilusión de muchos sectores sociales por ver (al fin) un gobierno consciente de la histórica injusticia social sufrida por los más vulnerables y que requería urgentemente cambios estructurales en lo político, económico y social que conllevaran la disminución de brechas sociales, convocando un diálogo amplio que permitiera un mayor consenso sobre cómo hacer estos cambios. ¿A qué se debe tanta desilusión?
A la llegada de su presidencia, Gustavo Petro creyó que su victoria era un cheque blanco que le permitiría llevar a cabo las transformaciones sin necesidad de consenso, desconociendo así que su victoria se debía no solo a la izquierda, sino ni también a un amplio sector de centro e incluso sectores de derecha que decepcionada con años de escándalos de corrupción decidió votar con él.
Su victoria no significaba que el pueblo estuviera convencido de su discurso cada vez más radical. Gustavo Petro, al radicalizar su discurso y al tener un estilo errático, desperdicia una oportunidad histórica de rodear su gobierno con legitimidad, lo que le permitiría mayor margen de maniobra a la hora de implementar su programa de gobierno.




