Era el año 1997, cuando siendo concejal de La Paz nos invitaron a Cali, para tratar las bondades y falencias de los sistemas territoriales de gobierno. Gustavo Petro Urrego asumiría la defensa del federalismo. Con el progresista recién llegado de Bélgica tras ser amenazado, compartimos mesa en la integración de clausura del evento, oportunidad que aproveché para conocer sobre el ideario de un hombre que ya se erigía como figura prominente de la política nacional.
Aunque la fluida conversación no se limitó a ponderar y hasta amalayar la negada autonomía de las regiones. Entramos en otros temas. Por ejemplo, me contó que conocía nuestros municipios del norte del Cesar, porque estuvo en un campamento guerrillero del M-19 ubicado en San Diego. Le pregunté también por el motivo de siempre usar suelta la corbata, sin apuntarla en el botón de la camisa, a lo que me respondió que al ajustarla no pasaba sangre al cerebro y uno se volvía bruto. Respuesta que no olvido.
Conversar con Gustavo Petro en ese momento era como devolverme al día en que regresando del colegio, con mi hermano nos enteramos que un comando del M se había tomado la Embajada de República Dominicana con todo el cuerpo diplomático adentro.




