Por Mary Daza Orozco
Hubo una época en la que Colombia era admirada, entre otras cosas, por la elocuencia de sus políticos, por los discursos que trascendían más allá de las fronteras y por las frases lapidarias que salían del Congreso de la República. Era la época que llamaban de los grandes oradores, y la gente se apiñaba en los recintos a escucharlos solo por el deleite de oír ‘poemas políticos’ de una improvisación veloz y un español refinado. Una vez escuché a mi abuelo repetir, no sé de qué político: ‘Me asomé a la conciencia de un hombre honrado y era horrible’, solo esa, como ejemplo. Era otra Colombia, que si bien no estaba totalmente en paz, nunca lo ha estado, por lo menos no vivía en el desafuero en que está metida ahora.
Hoy, por el cambio de los tiempos, por falta de preparación, porque el Congreso ya no es foro de ilustrados como los de antes o sencillamente porque ya no se usan los discursos grandilocuentes; los ‘Padres de la Patria’ (esto suena a rancio lugar común) están en otra era y hablan como lo hacen en sus casas. Es por eso que una frase como la del presidente Santos, ‘No le tengan miedo a la paz’, ayer exaltada por todos los medios, hace una bulla tremenda. Pero esa expresión ¿qué quiere decir?




