COLUMNA

Francotiradores del nuevo gobierno

La crítica puede ser severa, pero no intransigente, porque revela incapacidad y no sugiere soluciones

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Colombia es un país de mojigato, que pone queso donde no hay gato. Quien no controla no puede administrar y los ratones hacen fiesta, aludiendo a las ratas que hacen de ochas y panochas con los dineros del erario.

Tiene sobradas razones el presidente Gustavo Petro, a tres días de su posesión, de solicitar una Comisión Judicial Independiente a Naciones Unidas para investigar crímenes de corrupción y acabar la impunidad, porque no le generan confianza los organismos de investigación del Estado, siendo más eficiente el control social que ejerce el periodismo independiente.

El economista canadiense nacionalizado colombiano, Lauchlin Bernard Currie, suele señalar que la opinión pública es usualmente inflamada por los escándalos, más no por las inversiones malogradas, o por el desperdicio de los recursos públicos. Y a renglón seguido subraya: “El problema no es la corrupción o el favoritismo, sino la implantación de un modelo fiscalmente irresponsable, económicamente ineficaz y socialmente injusto. Los controles e investigaciones son irrelevantes, no corrigen la esencia del problema, tras la existencia de un modelo económico perverso.

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