Si hay una época en el año que nos invita a la reflexión, es el final del mes de diciembre. La razón es muy sencilla, marca el final de un año y el inicio de uno nuevo.
Este año, globalmente ha sido un año más cercano a lo que venía pasando antes de la pandemia de la COVID 19, puesto que las medidas de confinamiento y restricción quedaron prácticamente abolidas. Retornamos a la presencialidad para realizar nuestros trabajos. Los restaurantes, eventos públicos, conciertos y demás actividades lúdicas reaparecieron por completo. Pero también comenzamos a ver los efectos de esos casi 18 meses en que el mundo quedó paralizado: hay una crisis económica generalizada, guerra entre naciones, escasez de insumos y de alimentos, entre otros.
Desde el punto de vista individual, las personas que no padecieron la infección por SARS-CoV hoy se están encontrando con una realidad de salud muy compleja, como el empeoramiento de las enfermedades crónicas (hipertensión arterial, diabetes mellitus, dislipidemia), aumento de la obesidad y trastornos metabólicos por el sedentarismo y los malos hábitos de alimentación, incremento en el diagnóstico de enfermedades como el cáncer y particularmente se han disparado los índices de trastornos mentales como depresión, ansiedad y pánico.




