Jorge Oñate, “El ruiseñor, el jilguero”, partió de este mundo con satisfacción, como pocos hombres lo hacen; hizo de todo en su existencia, el fútbol motivó sus pasiones, pero el canto vallenato fue más influyente. Desde su pueblo, La Paz, emprendió un recorrido por los diferentes territorios del caribe, las vías de aspecto colonial no detuvieron el ímpetu de un hombre voluntarioso con ínfulas de perfeccionista y con la misión de hacer irrupción en la incipiente y caudalosa música vallenata.
Jorge Oñate, integra el salón intangible de la fama de la música vallenata, fue arquitecto de nuestro folclor tuvo que abrir los largos caminos, pedregosos y polvorientos. Hombres de la talla del “Jilguero”, están fuera de concurso y cuando son vencidos en la disputa por permanecer en la vida, merecen lo intangible que supone la eternidad.
Pensar en morir o en la muerte es perder el tiempo y dejar pasar cada instante dejando de vivir. La muerte es un capítulo ineludible que hace parte de la existencia, pero es placentera cuando su asomo produce una mezcla de tristeza y gratitud, y la certeza de inmortalizarse en el recuerdo.




