“Si oís hoy su voz, no endurezcáis vuestro corazón…” Salmos 95,8. Cuando Dios trajo al pueblo de Israel desde Egipto, se le apareció a la nación con estruendo, relámpagos y sonidos de bocina en el humeante Monte Sinaí; pero el pueblo tuvo miedo y se mantuvo alejado. No quisieron escuchar a Dios.
Creo que uno de los conceptos más importantes de la Biblia es sobre la necesidad de escuchar a Dios. Todo en el reino, depende de saber escuchar la palabra de Dios. Oír la voz de Dios es lo más importante de nuestras vidas. Él es la fuente de la vida. Los manantiales de poder y autoridad del cielo nos llegan por el oír. Nada podría reemplazar la confianza y autoridad que provienen de escuchar a Dios.
De allí se desprende la necesidad de una vida de oración dinámica y personal. Es un gran deleite hablar con Dios, pero es todavía más emocionante cuando él nos habla. Muchas cosas no cambian cuando hablamos con Dios; pero, sí cambian cuando Dios nos habla. Cuando Dios habla, el universo se vuelve real. Así que, el secreto de la oración consiste no en procurar convencer a Dios de mis asuntos, sino en esperar en él para escuchar su guía y dirección.




