COLUMNA

En los procesos electorales no existen castas, pero sí trampas  

Los procesos electorales, básicos en una democracia, no son lo que esta significa. En la mayoría de los países del mundo donde se practica, parecen más una lucha de clases por el poder donde unos pocos ganan y muchos votan y pierden.

canal de WhatsApp

Los procesos electorales, básicos en una democracia, no son lo que esta significa. En la mayoría de los países del mundo donde se practica, parecen más una lucha de clases por el poder donde unos pocos ganan y muchos votan y pierden. En esta parafernalia, donde existe un mercado electoral esperando subasta, el lenguaje y los símbolos son las herramientas para persuadir y comprar. 

La fortaleza de las campañas, en su mayoría, no radica en las propuestas sino en la capacidad de mostrar poderío económico a través de los medios audiovisuales proclives a la payola. Se escuchan y leen muchas expresiones y anuncios carentes de contenido que a muchos cautivan y replican como si fueran postulados. Hace algunos días, un aspirante a Cámara dijo que “las barreras invisibles del Cesar hay que borrarlas”. La verdad, aquí nada es invisible, todo está al escrutinio; los indicadores son conocidos, los problemas son tangibles y sus soluciones viables; y si son invisibles, ¿cómo verlas para borrarlas? Solo el ilusionismo puede hacerlo. 

Recientemente otro candidato abortado, que cambió su aparente coherencia por un puesto, dijo “tener casta familiar”. Habría que pedirle explicaciones por este vocablo. Desde lo bíblico, el concepto casto (a) se deriva de castidad, esa capacidad para mantenerse incólume frente al sexo. Socialmente, tener casta implica poseer cualidades diferentes a otros como religión, linaje, raza, etnia. En biología, la casta se refiere a las características comunes de los animales que “tienen la misma estructura y función” como las abejas. En toros de lidia y caballos de paso se habla de casta para referirse a la bravura y formas de moverse. 

Pero en temas políticos y electorales nadie tiene casta; aquí podríamos hablar de talento y habilidades para infectar y/o ganar procesos mediante trampas; el talentoso propone fórmulas y expone ideas acerca de las conveniencias locales, regionales o nacionales, pero sin firmes propósitos; el tramposo carece de escrúpulos y defiende la tesis de que el fin justifica los medios; su fortaleza es la capacidad de acomodarse a las circunstancias y adaptarlas a sus intereses. 

En el Cesar no existen castas, en la conquista y la colonia españolas no vino gente de prosapia, la mayoría era aventurera, algunos vinieron como policías realistas, ya como conquistadores, ya como alcabaleros o encomenderos. Hoy unos son más claritos que otros, el mestizaje fue triétnico e indiscriminado, a veces violento; el fenotipo tampoco se puede borrar; muchos señores feudales u hombres de negocios encontraron aquí amores transitorios cuyos hijos, a veces no reconocidos, trascendieron como generadores de muchas familias que, por circunstancias ajenas al talento, posan como grandes personajes, élites ricas, pero no pujantes. Incluso, los cruzamientos endogámicos caracterizaron a muchas familias y quizás, por eso, no hemos tenido suficientes talentos capaces de dejar un legado. 

Tal vez sea Rafael Escalona uno de los pocos que lo haya hecho. Sería una tarea muy difícil buscar en el Cesar un teórico que induzca a pensar y crear, un científico, un jurista trascendente, un gerente de multinacional o alguien con el perfil para ser ministro de Hacienda o de Salud. Solo vemos asomos en la pintura y en el arte musical, nuestra mejor herencia que puede ser una ola transitoria. No tenemos un “Gabo”, debemos conformarnos con aficionados a la poesía, con panegiristas y plañideros de tumbas ajenas para halagar a sus deudos. Ningún proceso de cambio se debe a la poesía, es la prosa la que abre caminos. Claro, escuchar a Palemón el estilista en la voz de un buen declamador produce un éxtasis transitorio, que muere reconociendo el talento del poeta Guillermo Valencia y olvidándose por un momento de las tragedias permanentes. Ya pocos miran la luna llena.

Por Luis Napoleón de Armas P. 

TE PUEDE INTERESAR