Cada día he de agradecer a la vida no haber aparecido en el mundo de la opulencia y ser miserable, como tampoco en el de las necesidades permanentes que me hayan negado espacios para la felicidad esporádica.
Yo conocí la pobreza no en forma de miseria y aún la vivo mientras la tenga de compañía en mi entorno, pero no me arrepiento de haberla conocido por las grandes enseñanzas que me ha dejado para ayudar a combatirla y ha permitido convencerme que solo podrá ser un buen líder, dirigente o gobernante aquel que hubiere convivido alguna vez con la pobreza.
La pobreza es una herida abierta en la humanidad que nunca podrá cerrar si no encuentra refugio en manos misericordiosas y en normativas donde la caridad humana se acomode en sus pensamientos. La pobreza nos hace pensar que el infierno está aquí en la tierra y que los ángeles del mal la asedian en cada esquina, en forma desprevenida y con ojos de humildad. Es como una mancha que se aferra a aquellos que no han tenido la fortuna de nacer con las mismas oportunidades que otros. Es una injusticia que hace que las desigualdades sociales se mantengan inamovibles y que la educación se convierta en un privilegio y la cultura en un lujo.




