Diez meses de escándalos. El último costó las cabezas de Laura Sarabia y de Benedetti. Dicen que este es el peor. Con lo conocido hasta ahora no podría afirmarse tal cosa. Los de la familia presidencial son más complicados. El del primogénito y el del hermano suponen actuaciones más graves: financiación ilegal de la campaña presidencial, recepción de plata de narcos, exigencia de dineros y pactos con criminales a cambio de beneficios gubernamentales. No recuerdo nada ni remotamente parecido desde el ‘8.000’.
Es verdad que, sin embargo, el desarrollo judicial de ambos procesos sigue pendiente y que nada hemos vuelto a saber de los casos. En el ruido incesante que producen Petro y sus declaraciones y el desastre general de la gestión gubernamental, los dos escándalos han salido de los focos.
Con todo, lo ocurrido con Nicolás y Juan Fernando ha tenido ya una consecuencia que afecta de manera muy importante a Petro: se le cayó la narrativa. Petro y la izquierda habían construido su relato político del cambio acusando a los gobiernos anteriores y a sus contradictores políticos de corruptos y de tener vínculos con el narcotráfico. Corrupción y narcotráfico son, precisamente, las claves del escándalo de los Petro. El estigma que veían en los otros, hoy marca a la familia presidencial.




