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El silencio de los desvalidos

“Abre tu boca en favor del mudo en el juicio de todos los desvalidos” (Proverbios 31:8)

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“Abre tu boca en favor del mudo en el juicio de todos los desvalidos” (Proverbios 31:8)

Al pensar en este texto, me vino la historia de Catalina de Siena, prolífica escritora medieval, quien concebía su experiencia religiosa como un puente que nos une a Dios por medio de la obra de Cristo; cuando su corazón se acongojaba al ver tantas ofensas del mundo contra Dios, exclamaba con dolor: “¡Ay de mí! ¡Basta de silencios! ¡Gritad con cien mil lenguas! Porque, por haber callado, ¡el mundo está podrido!”. 

El texto del epígrafe nos confronta con una exhortación directa. Estas palabras, escritas hace milenios, resuenan con urgencia en nuestro presente. En las calles polvorientas de Valledupar, bajo el sol implacable del Cesar, hay voces que se pierden en el ruido de la cotidianidad. Son las voces de quienes no tienen quien abogue por ellos, de aquellos cuya vulnerabilidad los condena al silencio. El pasaje bíblico utiliza una imagen poderosa: los “mudos” no son necesariamente personas sin capacidad de hablar, sino aquellos cuya voz ha sido silenciada por las circunstancias, la injusticia o el abandono. En el contexto del antiguo Israel, esto incluía a las viudas, los huérfanos y los extranjeros, personas sin representación legal o poder social. Hoy, en nuestra región, estos “mudos” tienen rostros concretos.

Pensemos en el vendedor ambulante que es desalojado sin contemplaciones, sin que nadie pregunte cómo alimentará a sus hijos. Consideremos a la mujer víctima de violencia doméstica en los barrios periféricos, cuyo grito de auxilio se ahoga entre paredes de silencio cómplice. Recordemos al campesino desplazado que llegó a Valledupar huyendo de la violencia, invisible para un sistema que lo trata como estadística y no como persona.

El mandato escritural no es una sugerencia piadosa, es un imperativo moral. “Abre tu boca” es un llamado a la acción deliberada, a romper nuestra propia comodidad. No basta con sentir lástima o expresar compasión privada; se nos demanda alzar la voz públicamente, convertirnos en defensores activos. Hablar en favor del mudo, implica discernimiento, valentía para confrontar estructuras injustas, incluso cuando eso nos cueste popularidad o nos coloque en posiciones incómodas. ¿Cuántas veces callamos ante la injusticia porque no queremos problemas? ¿Cuántas veces miramos hacia otro lado cuando podríamos intervenir?

Amados amigos lectores: esto nos desafía personalmente. No podemos delegar esta responsabilidad en instituciones o en otros. Cada uno de nosotros, desde nuestro lugar, sea como profesional, vecino, padre de familia, líder religioso o comunitario, tiene la capacidad de ser voz para quien no la tiene. Quizás no podamos cambiar todo el sistema, pero sí podemos defender al vecino vulnerable, denunciar la injusticia que presenciamos, ofrecer nuestra plataforma a quien no tiene tribuna. En una sociedad donde el silencio se ha convertido en complicidad, el llamado de hoy es revolucionario: habla, actúa, defiende.

La pregunta que debemos hacernos hoy no es si hay desvalidos a nuestro alrededor, claro que sí los hay; sino, si estaremos dispuestos a romper nuestro propio silencio para alzar la voz por ellos. Porque al final, seremos evaluados no solo por lo que dijimos, sino también por lo que callamos cuando debimos hablar.

Dios nos ayude a hablar por los que no tienen voz…

¡Se les quiere!

POR: VALERIO MEJÍA.

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