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El sexo oral en la política

Aunque el cunnilingus es una modalidad de sexo oral que consiste en lamer, morder, chupar y frotar, con diferentes grados de intensidad, con la lengua, la boca, los labios y/o los dientes, “lo que sabemos”, he querido de alguna manera en esta oportunidad asociarlo con la política.

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Aunque el cunnilingus es una modalidad de sexo oral que consiste en lamer, morder, chupar y frotar, con diferentes grados de intensidad, con la lengua, la boca, los labios y/o los dientes, “lo que sabemos”, he querido de alguna manera en esta oportunidad asociarlo con la política, intentando con algo de metáfora llegar hasta el final que se persigue con dicha actividad, es decir, la de proporcionar un cierto placer.

Y, es que tal idea se me ocurrió conversando ayer con un exsacerdote amigo, que con ocasión a lo que se está viviendo en el momento con la excesiva oferta política de los políticos, valga la redundancia, por la próxima contienda electoral que se avecina, no podemos dejar de pensar que, aunque sea de forma grotesca, estos quieren o pretenden, al menos ilusionados, intentar complacer con una sobredosis de saliva y con caricias esparcidas al potencial electoral. 

Hablaba con él, analizando la verborrea de la gran cantidad de candidatos habidos y por haber y no solo de aquellos que aspiran a ser presidente de nuestra nación, los que en la actualidad sobrepasan las decenas, sino también de aquellos que aspiran a ser miembros de nuestro órgano legislativo, el Congreso de la República, triste institución mancillada moral y políticamente a través de los años, integrada por cuestionados moralmente y por personas que, en su gran mayoría, no representan con honestidad los intereses de sus electores.

Pero bien, es nuestra realidad y como tal debemos afrontarla y analizarla y a pesar de que muchas cosas han cambiado en torno a cómo se hace política, el discurso veintejuliero no ha desaparecido del todo en el proselitista como herramienta fundamental para intentar permear y “penetrar” al pueblo. Un pueblo que se excita con facilidad ante las falsas promesas lanzadas por aquellos que gritan proclamas de salvación. Una práctica milenaria que pretende a través de la oratoria, cada vez más cargada de violencia y odio, conmover y persuadir al público elector oyente, el que muchas veces ignora lo que se grita y que al final se une contagiado a la muchedumbre y a los demás que gritan, más que convencido.

Los políticos no escatiman esfuerzos ni mucho menos se cohíben de lamer, de morder, de chupar y frotar sus lenguas ante cualquier superficie, intentando con ello, como dije, complacer a otros, esparciendo saliva rebosante de sus bocas acaudilladas por doquier, mentirosas, la gran mayoría. La esparcen a aquellos que se le acercan, muchos obligados por las circunstancias y la coyuntura del sistema, y alguno que otro excepcionalmente por simple curiosidad. Ya no existe el más mínimo recato y mucho menos respeto para que la saliva se esparza y facilite de alguna manera la falsa penetración de muchas de las ideas lanzadas por el autoproclamado líder y caudillo, mesías irremplazable para salvar al pueblo en estos tiempos apocalípticos.

El pueblo solo espera en estado de éxtasis provocado a la fuerza más que con el deseo propio que se le complazca con acciones finales que lo satisfagan. Tal vez, muchas veces, el pueblo solo se abandona a su suerte como cual prostituta, que pretende con su milenario oficio, mitigar el hambre del día y ya después de la acción pensar de nuevo con cabeza fría y arrepentimiento quizás, cómo hará mañana para seguir adelante sola o junto con los suyos. ¿Somos culpables de nuestro destino? Tal vez. Pues a través del tiempo lo hemos permitido más de una vez. Si tan solo lográramos cambiar los papeles y empezar a castigar a aquellos que nos pretenden acceder con saliva y caricias engañosas, entonces tal vez podríamos cambiar las cosas. 

Quizás sea hora, mis queridos lectores, de repudiar y tachar de infames a aquellos que sitúan al pueblo como prostituta, pretendiendo comprarlo y accederlo cuando esparce saliva y dinero para pretender con ello solventar sus necesidades básicas. Quizás sea hora, mis queridos lectores, de cambiar los papeles y dejar en claro quién es quién en este juego de rol de poderes. ¿Quién es el sucio? ¿El pueblo o el político?    

Por Jairo Mejía

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