La política, dicen, es el arte de lo posible, aunque en Colombia parece aplicar poco ese postulado, pues los procesos burocráticos y las decisiones gubernamentales se desenvuelven en un laberinto de contradicciones, en un laberinto donde la ideología suele chocar abruptamente con la realidad, y nada se hace para armonizarla.
En el último acto de una tragicomedia política, el gobierno ha jugado con la confianza de los congresistas, del pueblo del Cesar y de los pueblos del Valle de Upar, al utilizar el añorado embalse de Los Besotes como moneda de cambio en una partida de ajedrez en la que, por desgracia, todos perdemos.
El embalse de Los Besotes es una promesa pendiente hace más de 70 años; como quien dice, es la sombra de un sueño que se cierne sobre la Sierra Nevada de Santa Marta. Es una infraestructura que garantizaría el suministro de agua en los años venideros, una promesa de vida y desarrollo. Sin embargo, como ya había mencionado hace casi 2 meses en una columna previa, el gobierno decidió, sin previa consulta con las comunidades afectadas, ni con las autoridades territoriales, y sin una reflexión colectiva sobre las necesidades del entorno, incluir esta tierra dentro de las nuevas fronteras del Parque Natural Sierra Nevada de Santa Marta. Con esta medida, las 172.000 hectáreas en cuestión se convierten en territorio intocable. Un despojo.




