El Cuento de Pepe-100 Años
Generalmente la gente cree que la vida de los políticos es divertida, y hasta cierto punto tienen razón. Es cierto, porque cuando son políticos de verdad-verdad tienen que conocer muchos sitios, veredas, muchas personas y estar atentos de las promesas que se hacen. Llegar a las horas prometidas le gusta mucho a la gente, y si Dios le da la facilidad de recordar los nombres de los que se van conociendo, también es muy importante.
Alguna vez el jefe del partido Liberal citó a dieciocho senadores amigos con el fin de impulsarlos para que tuvieran mayor interés en la campaña presidencial que se avecinaba. Con tal propósito, fuimos invitados a la casa de un senador amigo, y allí, ubicados en una parte prominente de su casa, nos sentamos en semicírculo. El anfitrión, en esa ocasión, nos pidió tener un mayor interés en ayudar al candidato. Luego, en una larga y brillante exposición, nos ilustró sobre la necesidad de un nuevo triunfo para el partido, que redundaría en beneficio de todo el pueblo colombiano.
Seguidamente, quiso conocer los conceptos de cada cual, y fue haciendo una especie de rueda de prensa, en la cual muchos le expresaron que el problema de las elecciones presidenciales estaba en que el candidato era una cosa en la campaña y otra cuando ganaba, porque se dedicaba a gobernar con el círculo de amigos personales, desconociendo a quienes se habían sacrificado como jefes regionales.
Recuerdo que uno de ellos, con el castellano golpeao de las sabanas de Bolívar, manifestó cómo era de sacrificado subirse a una mesa en la plaza de un pueblo, alumbrado apenas con una lámpara de petróleo, poniéndose de papayita para que cualquiera hiciera blanco en su persona. Cuando me tocó el turno de opinar, le manifesté que no tenía ningún inconveniente en apoyar y votar por el candidato que nos aconsejaba, porque era mi amigo, lo apreciaba mucho y sentía que tenía la obligación de hacerlo, sobre todo porque estaba muy bien relacionado con mi familia.
En cuanto a sacrificios, sí los había hecho, y muchos, durante su campaña a la Presidencia. Ante su sorpresa, le conté que, a las cinco de la mañana, después de levantarme en Curumaní, y cuando me estaba bañando, se fue el agua y quedé enjabonado, incomodidad que no me pude sacar con la toalla.
Luego, partí para un día de mucho calor, pleno de reuniones políticas que tendrían lugar en Pailitas, Tamalameque, El Burro, Pelaya, La Gloria, Aguachica, finalizando con la última en la plaza de Río de Oro, de donde, después de una buena manifestación, me trasladé a Ocaña, en el momento en que se iniciaba un fuertísimo aguacero con tempestad. Con mucho cuidado conduje mi jeep Toyota por el camino hasta que llegué y atravesé la plaza principal de Ocaña. Toqué la puerta del mejor hotel buscando alojamiento, y me respondieron que estaba lleno. Seguí bajando y crucé a la izquierda buscando el segundo hotel de la ciudad, donde me respondieron en igual forma. Allí me atreví a solicitarle al encargado que me dejara dormir en la sala, porque era peligroso regresar a Aguachica con esa horrible tempestad, pero éste me indicó que volteando en la esquina siguiente funcionaba un hotel para choferes, donde podía conseguir alojamiento.
Así ocurrió, el encargado nos informó que había dos dormitorios: uno con cuatro camas y otro con una cama de matrimonio. Ante esta circunstancia, le dije a mis cuatro compañeros que se acomodaran en ese dormitorio y, como con nosotros viajaba una líder política, sería ella quien tendría que compartir la cama matrimonial conmigo, porque era yo el que la podía respetar.
Aceptó la propuesta y después de asegurar el vehículo en un garaje vecino, procedimos a acostarnos, mientras la tempestad rugía y aumentaba el frío.
Rápidamente entré al dormitorio, me desvestí y en esa cama tan ancha me acosté, después de haber orinado y lavado la boca. Seguidamente la amiga que nos acompañaba, después de asearse en el baño, procedió a acostarse; después de rezar el Padre Nuestro, le pedí concepto y apagué la luz. No sé qué pasó, pero sería por el intenso frío o miedo a los relámpagos, cuando menos pensé me colocó una pierna encima. Al llegar allí, el jefe liberal me preguntó qué hice ante esa circunstancia y rápidamente le contesté: “Sacrificarme por el partido Liberal y por su candidatura a la presidencia de la República”.
Esta afirmación ocasionó hilaridad entre los presentes, pero lo cierto es que desde ese momento nadie volvió a hablar de sacrificios, y todos prometieron trabajar con entusiasmo.
Por: Pepe Castro
