COLUMNA

El reconocimiento verdadero al respeto 

Esta contextualización cobra una coloración especial, cuando se vive desde el respeto a la dignidad propia y ajena, desde la compasión a la tristeza y la alegría. Por tal razón es entendible que la virtud humana por excelencia es la cordura, en la que se dan cita la prudencia y la justicia.

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Trataremos hoy un tema que desde siempre ha faltado en cualquier tipo de sociedad, por donde el ser humano ha atravesado; se acentúa hoy y si se cumple es de labios para afuera, puro formalismo, es el respeto que debemos tener por nuestra naturaleza, animales y mucho, mucho más por nuestro semejante.

 A lo largo de la historia, el reconocimiento a la dignidad humana no ha visto la luz sin lucha y conflicto.  Han sido innumerables las revoluciones de los esclavos, los siervos, los pobres y miserables, las mujeres, los afros y los indígenas para lograr ser reconocidos personas dignas de respeto pertrechadas de una identidad que merece igualmente respeto. Se estima y afirmamos aquí, que es la experiencia del desprecio la que ha suscitado la necesidad de luchar por recibir aprecio.

 Es precisamente la familia, donde los niños y quienes están por nacer sufren a menudo el maltrato y la falta de amor; en el Estado, donde una gran parte de la ciudadanía ven irrespetados sus derechos y en la falta social de reconocimiento de la propia valía, de los aportes que pueden hacer la sociedad.

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