En el año 2015 cuando la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y La Cultura, declaró el vallenato como Patrimonio Inmaterial y Cultural de la Humanidad (Unesco), describiéndolo como un género musical tradicional surgido de la fusión de expresiones culturales del norte de Colombia, canciones de vaquería del Magdalena Grande, cantos africanos y ritmos de danzas tradicionales de pueblos indígenas de la Sierra Nevada, decretó también la necesidad de tomar medidas urgentes para preservarlo. ¿Preservarlo de qué? De todo aquello que amenace su pureza, belleza, tradición y esencia.
En este orden de ideas, son muchos los factores que atentan contra la autenticidad del género, pues se incurre en el error de creer que todo lo que se interpreta con el acordeón es vallenato. Asimismo, mucho se habla de la acelerada digitación del vallenato, con la inexorable pérdida de la cadencia rítmica; para muchos se trata de un fenómeno normal en todo género musical, pues de lo contrario se estaría momificando el vallenato.
Aquí hay que acudir a la sabiduría popular y manifestar que cada cosa en su justa medida, “ni tanto que queme al santo, ni tan poco que no lo alumbre”, como dice el refrán popular.
La nueva ola, con el perdón de sus infinitos seguidores, no es vallenato, es un ritmo caribeño interpretado con el acordeón, la caja y la guacharaca, cuya estructura musical no sigue los patrones propios del vallenato, y esto no debe asombrar a nadie, pues Aníbal ‘Sensación’ Velásquez popularizó la guaracha, ritmo que se internacionalizó rápidamente, pero tuvo el maestro la honestidad de no llamar vallenato a sus magistrales interpretaciones, lo mismo podríamos decir del maestro Lisandro Meza.




