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El presidente que confundió el hielo con el fuego: 72 minutos de realismo mágico en Davos

A propósito de la política local y nacional, que nos envuelve como un río Guatapurí crecido en época de lluvias, resulta imposible hacerse la ciega, sorda y muda ante la geopolítica que llega desde lejos, trayendo vientos de locura y promesas torcidas. 

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A propósito de la política local y nacional, que nos envuelve como un río Guatapurí crecido en época de lluvias, resulta imposible hacerse la ciega, sorda y muda ante la geopolítica que llega desde lejos, trayendo vientos de locura y promesas torcidas. 

En el 2026, cuando el mundo parece un Macondo congelado en los Alpes suizos, el destino nos obliga a mirar hacia Davos, donde los poderosos bailan su propio carnaval de absurdos.

En las cumbres nevadas de Davos, donde los glaciares guardan memoria de siglos y los líderes mundiales se reúnen como Buendías en busca de oro invisible, apareció Donald Trump, renacido en su segundo mandato, con el cabello como tormenta de arena del desierto y la voz ronca de quien ha gritado órdenes al viento toda la vida. Setenta y dos minutos duró su monólogo, setenta y dos minutos en los que la realidad se dobló como un acordeón vallenato mal afinado.

Hablaba de Groenlandia, esa joya de hielo eterno que sueña con independencia bajo el sol de medianoche, pero en su boca la isla se transformaba en Islandia, tierra de géiseres y sagas nórdicas. Varias veces, como si un duende costeño le hubiera cambiado el mapa por un sueño, repetía el error: compraría Islandia para tener Groenlandia, o amenazaría a Dinamarca por una tierra que nunca fue suya. “Di sí y lo agradeceremos; di no y lo recordaremos”, soltaba, y las palabras flotaban en el aire helado como mariposas amarillas sobre un pueblo que ya conoce el sabor de las maldiciones.

Afirmaba tener “cien por ciento sangre escocesa y cien por ciento alemana”, un doscientos por ciento que desafiaba las leyes de la sangre y la aritmética, como si el poder pudiera multiplicar la herencia hasta reventar las costuras. Mentía sobre la historia: juraba que Estados Unidos devolvió Groenlandia a Dinamarca tras la guerra, cuando solo plantó bases temporales que se disolvieron como castillos de arena en la marea.   China, la dragona que domina los vientos, no tenía molinos eólicos en su relato; los vendía “a los estúpidos”, ignorando que su país baila con turbinas que capturan el aliento del planeta.

Venezuela entraba en escena con petroleras que marchaban como ejércitos fantasmas, aunque ExxonMobil, apenas tres días antes, le había cerrado la puerta: “No invertible”. Trump, furioso, prometía exclusiones y luego juraba que “todas vienen”. La inflación era “prácticamente inexistente” al 2,7 %, hinchada por sus propios aranceles. Atacaba a Jerome Powell llamándolo “estúpido” ante un auditorio que palidecía como hojas secas. 

Suiza pagaba dádivas por una “mujer” que lo “acarició mal”; el mercado caía por Islandia, un país de trescientas ochenta mil almas; la OTAN era pagada al cien por ciento por EE. UU., cuando la verdad era apenas el dieciséis.

Azerbaiyán se le torcía en la lengua como ‘Aber-baijan’,  como raíces de ceiba en la selva profunda. Setenta y dos minutos de flores carnívoras brotando en un jardín diplomático, mentiras que se enredaban como enredaderas en una casa embrujada por la soledad.

En Valledupar, bajo un sol que quema la piel y el alma, uno podría pensar que tales delirios nacen de un folclor olvidado, donde el poder se entreteje con mitos y acordeones. Pero en Davos era cruda verdad: un presidente confundiendo hielos con fuegos, aliados con enemigos, mapas con delirios personales.

Y así, en ese tapiz de minutos eternos, el destino global pendía de un hilo naranja, recordándonos que la verdadera magia no está en los prodigios, sino en la fragilidad humana que los soporta. 

¿Cuánto más durará este carnaval antes de que los glaciares, testigos mudos, se derritan en lágrimas de advertencia?

Bienvenidos al 2026, donde la política baila al ritmo de un vallenato desquiciado y el mundo entero contiene el aliento.

Por: Yarime Lobo Baute 

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