La pasada jornada electoral me hizo recordar la anécdota del Primer Ministro Británico Winston Churchill, cuando tomó un taxi para dar una entrevista en la BBC de Londres. Cuentan que al bajarse del vehículo le pidió al taxista que lo esperara unos 10 minutos. El chofer, que no lo había reconocido, le contestó: “No puedo esperar porque tengo que ir a casa a escuchar el discurso de Churchill por la radio”.
Tras sentirse emocionado con la respuesta, Churchill, le puso la prueba de fuego, le pasó un billete de 10 libras de esterlinas para que lo esperara. Al ver el billete, el taxista respondió: “…Esperaré horas hasta que regrese, señor, ¡y que Churchill se vaya al Infierno!”. Sorprendido por la respuesta, Churchill, expresó. “Los principios han sido modificados por el dinero. Las naciones se han vendido por el dinero. El honor se ha vendido por el dinero. Los hermanos se venden por dinero. Las almas se venden por dinero. ¿Quién le dio tanto poder al dinero e hizo de la gente sus esclavos?”.
En Colombia, el poder del dinero -fruto de la corrupción política-, permeó hace rato los principios, la ética y la moral de las personas. La compra descarada de votos y los sobornos en la contratación pública, auspiciados por un sistema político que Álvaro Gómez llamó “el régimen de acuerdos y complicidades”, contaminó todos los niveles de la sociedad de este país. Mientras Colombia continúe con ese maridaje de favores entre los poderes ejecutivo, legislativo y judicial, será un país que muy difícilmente pueda tener algún grado de progreso en materia de desarrollo económico y de justicia social.




