Somos poco conscientes acerca de la nefasta obra del pecado en nuestras vidas y en nuestras relaciones. No tenemos convicción de pecado, pero conocemos la experiencia de estar perturbados debido a que hicimos lo malo ante los ojos de Dios, de nosotros mismos y de la sociedad en general. El pecado se manifiesta en la indiferencia hacia Dios, que puede ser traducido a actos de rebeldía o manteniendo una pasiva actitud de apatía hacia Dios.
Es cierto que Dios perdona, pero para que esto fuera posible, le costó el desgarramiento de su corazón con la muerte de Cristo. El gran milagro de la gracia es que él perdona el pecado por medio de la muerte de Cristo. Nos perdona por amor, pero su amor significó nada menos que el Calvario. La Cruz es el único lugar donde su amor se demuestra y la única base legal sobre la cual él me puede perdonar. La Cruz es el lugar en donde la misericordia y la verdad se encontraron; la justicia y la paz se besaron.
El perdón significa que soy apto para entrar en una relación nueva con Dios, la cual me hace acepto en el Amado. Así, el milagro de la redención es que Dios me lleva a disfrutar de su amistad y me eleva hasta su nivel porque me imparte una nueva naturaleza en Cristo. ¡La única base sobre la cual Dios nos puede perdonar es la terrible tragedia de la Cruz!
Situar nuestro perdón en cualquier otro terreno es desconocer el carácter santo de Dios. Ese perdón que aceptamos tan plácidamente tuvo un costo; para nosotros no fue nada, para él lo fue todo. La agonía del Calvario representó el gran precio que Dios tuvo que pagar por nuestra redención. ¡El perdón es el milagro divino de la gracia! Perdonar al pecador y permanecer en su justicia, como el Dios santo, exigía un pago. La verdad revelada es que Dios solo nos podría perdonar mediante la expiación.
Caros amigos: la única manera como podemos obtener el perdón es siendo llevados de vuelta a Dios mediante la expiación de la Cruz. Esto solo es posible en el reino sobrenatural de Dios. La experiencia de la santificación es pequeña cuando la comparamos con el milagro del perdón de los pecados. Así, la santificación es sencillamente la maravillosa evidencia del perdón en una persona. Es nuestra amorosa respuesta ante un Dios amoroso y perdonador.
Lo que debe activar la más profunda fuente de gratitud en un ser humano es que nuestros pecados hayan sido perdonados. Eso nos da tranquilidad de conciencia y libertad para actuar con valores y principios ante la vida misma. Una vez que entendemos la doctrina del perdón y descubrimos el costo real del perdón, nos sentiremos no solamente agradecidos, sino constreñidos y sujetos por el amor de Dios.
Disfrutemos de la libertad que nos fue otorgada mediante el perdón y mantengamos un corazón agradecido; la gratitud se expresa en obediencia y sujeción a ese Padre amante y bondadoso que nos perdona. ¡Dios merece también toda nuestra confianza!
Fuerte abrazo y bendiciones abundantes.
Por: Valerio Mejía.





