Y así, en medio de un silencio que se escuchará por años, cayó en el barrio Villa Jaidith, Alfonso Hernando Medina, líder social de 68 años, irreverente, valiente, víctima de un asesinato que invadió cada rincón y pensamiento de Valledupar. Tres disparos silenciaron la voz de aquel que no temía denunciar la corrupción, los atropellos, la criminalidad, la usurpación de tierras. Cuando escucho lo que muchos han opinado al respecto, siento que lo mataron dos veces: la primera, en su humanidad; la segunda, en su legado, al intentar sepultar su valentía con un manto de miedo y zozobra, un pacto de silencio.
Medina no era un hombre que se dejara callar. Era de esos hombres que “…se acabaron ya”, al decir de la famosa canción vallenata, de esos especímenes indomables que transpiran apostolado por todos los poros de su piel, de esos especímenes que viven por y para el servicio de las causas populares, que viven indignados por tantas tropelías que se dan como pan de todos los días.
Durante años denunció robos de tierras, sobre todo áreas de cesión, micro tráfico y toda clase de delitos, poniendo en riesgo su vida y la de su familia. Durante años gestionó y lideró soluciones para las comunidades desprotegidas, enfrentando la envidia, la intolerancia y los intereses mezquinos de quienes deambulan en las arcas ajenas. Claro que había recibido amenazas, pero nunca se amedrentó ni cedió a las presiones. Al contrario, seguía adelante, luchando por la justicia y la paz de su barrio y la ciudad.




