Las alertas sobre el calentamiento global no son nada nuevo, provienen del siglo 19 cuando el grupo de científicos del proyecto Midas, liderado por Adrian Luckman, predijo el desastre ecológico que se avecinaba y presagiaba el fin del planeta, dada la presencia desventurada del hacha y la motosierra que condujeron al sello lapidario de nuestros ríos, o cualquier asomo de flora y fauna, como lo reseña en su obra literaria titulada “Los Perros de Puente Tabla” el periodista y escritor de La Paz, Luis Alberto Díaz Araújo, sin soslayar la torpe decisión del Congreso de la República que acaba de hundir el proyecto de ley de protección de las abejas. “Salvar las abejas es salvar el planeta”, como responsables de la producción vegetal a través de la polinización. Y pensar que de 4 alimentos que van a la mesa, 3 son llevados por las abejas.
Pues bien, la brutal deforestación y el crecimiento industrial precipitaron el drama, para hablar hoy de calentamiento global que se gestó por cuenta de la mano depredadora del hombre en su demencial postura de sentirse dueño absoluto del planeta, o su omnipotencia y vergüenza de ser la única especie que atenta contra el medio en que vive.
Ahí está el resultado, lo dantesco, el derretimiento de los páramos y glaciares que han perdido 75 centímetros de espesor, fenómeno que se triplica cada 10 años, al punto de desprenderse de la Antártida el iceberg más grande de todos los tiempos, bloque de hielo que pesa un billón de toneladas y alcanza una superficie de 6.000 kilómetros cuadrados, 10 veces la ciudad de Madrid y 4 la ciudad de Méjico, cuyos fraccionamientos a juzgar de los investigadores del impacto global ocasionarán más tsunamis, catástrofes y tragedias de grandes proporciones, partiendo de la premisa de que los desastres naturales y los accidentes y enfermedades laborales matan más gente que las guerras, triplicando los índices de víctimas fatales.




