Por José Atuesta Mindiola
El horario de atención al público en los bancos de la ciudad debe adaptarse a los criterios coherentes de eficiencia y calidad de servicio. Ese estricto y milimétrico sometimiento a las agujas del reloj, que obliga a los vigilantes a cerrar las puertas a las 11:30 a.m. y las 4:30 p.m., les niega a muchos clientes el derecho a ser atendido por llegar después de 30 segundos.
El viernes pasado, 19 de julio, a las 11 horas y 31 minutos que salía de un banco, vi a tres adultos mayores beneficiarios de los auxilios del gobierno, que le rogaban al vigilante para que les hiciera el favor de dejarlos entrar a cobrar. La respuesta del no rotundo del vigilante en cumplimiento a las normas de su trabajo, llenó de tristeza a los tres adultos, que resignados dijeron casi en coro: “nos toca sentarnos aquí en el sardinel de la puerta a esperar las dos de la tarde, para que nos dejen entrar a cobrar”.




