Durante décadas creímos que la influencia económica, cultural y política dependía casi exclusivamente de las grandes capitales. Bogotá, Londres o Washington parecían confirmar una misma regla; el desarrollo se concentraba allí donde se concentraba el poder.
Sin embargo, el mundo está cambiando.
La globalización y la economía del conocimiento están redefiniendo la manera en que los territorios compiten. Hoy, la influencia depende menos del tamaño de una ciudad y más de su capacidad para atraer talento, generar innovación, construir identidad y conectarse con oportunidades globales.




