El fútbol es parte vital de las finanzas planetarias; los hombres jóvenes, fuertes, decididos y disciplinados son arquetipos de lo que, se supone, se apropiarán los asistentes a los estadios, que sueñan con ganar millones de US$ por patear.
El hombre que puede pagar la boleta se cree superior a los que escuchan la justa por la radio, o la ven por televisión; y actúa de acuerdo a sus “principios”: ataca a los seres que ostentan la divisa contraria que están ubicados en la misma gradería, sin ninguna vergüenza, asistido por el anonimato y por sus compañeros de divisa.
Un locutor emite; “Pero los nuestros, que ya no tenían nada que perder, se lanzaron locamente al ataque, ardiendo de coraje, hicieron toda clase de proezas. El estado físico de los muchachos no dejaba nada que desear, bajaban y subían incesantemente, y Coll, como un jefe guerrillero, (¡!) creaba peligro con cada uno de sus pasos”.




