El emperador Justiniano y la iglesia Santa Sofía (Hagia Sophia); podemos decir que tal para cual; de grande a grande. Comenzaba el siglo VI y el emperador del Imperio romano, en la parte oriental, era el recordado emperador Justiniano, quien, honrando su condición de acérrimo católico, hizo reconstruir la iglesia Santa Sofía, en la ciudad de Constantinopla, a la sazón, hoy Estambul.
No me resisto a transcribir unos hermosos párrafos que sobre el particular tomo del libro Constantinopla, del escritor Isaac Asimov: “Santa Sofía, el edificio religioso más importante de Constantinopla, y Justiniano se dedicó a reconstruirla con gran magnificencia.
“Diez mil hombres trabajaron duramente para construir la que estaba destinada a ser la casa de Dios más hermosa de toda la historia. Se tallaron columnas de hermosas piedras, entre ellas un feldespato de color rojo-púrpura llamado pórfido y un mármol verde veteado llamado mármol serpentina. Los muros eran de mármol pulido de varios colores, y había mosaicos por doquier. Sólo los soportes de la hoja de oro de los mosaicos cubrían una zona de cuatro acres.
“Pero lo más magnífico de todo era la cúpula. Estaba tan inteligentemente diseñada, tan hábilmente perforada con ventanas, que todo el interior de la iglesia, 108 pies transversalmente y 180 pies de altura, estaba bañado por la luz del sol que cubría los mosaicos, llenando la iglesia de belleza. La enorme cúpula parecía no tener ningún sostén, sino que estuviera suspendida de los cielos (cuando la dañó un terremoto veinte años después, la volvieron a construir todavía mayor).
“Nunca durante su larga historia intentó el Imperio bizantino algo más grande ni espléndido que la Santa Sofía de Justiniano. Era el producto por excelencia del arte bizantino y sigue existiendo hoy, catorce siglos más tarde, para que los hombres puedan maravillarse ante ella (aunque, debido a las vicisitudes de la historia, ya no es una iglesia).
“En el 537, la nueva Santa Sofía ya estaba terminada, y en su consagración Justiniano, incapaz de dominar su alegría, gritó: ¡Salomón, te he superado!
“Cuando se consideran los recursos comparativos del imperio de Justiniano y el reino de Salomón, no cabe duda de que Justiniano tenía toda la razón. Para festejar su consagración, Justiniano dispuso un banquete para el pueblo que, según relatos posteriores, supuso la matanza de más de 10.000 ovejas, bueyes, cerdos, aves y ciervos.
“Sin embargo, debemos admitir que el costo del esfuerzo de Justiniano para acondicionar Constantinopla se hizo a expensas del resto del Imperio. Para hacer Constantinopla tan impresionante y hermosa, era necesario aprovechar toda la energía que el imperio podía reunir y poco quedó después para las demás ciudades. En esencia, en tiempos de Justiniano el imperio presentaba signos de convertirse en un reino de una única ciudad rodeada de simples pueblos, y la tendencia no hizo sino acentuarse con el tiempo”.
A la humanidad siempre le ha satisfecho construir grandes templos a sus dioses, para orar y pedir protección. Por ejemplo, los esfuerzos para construir la hermosa Catedral de Valledupar —humanos, dinerarios y de tiempo para terminarla bellamente— vienen a ser justificados por su hermosura, y a mí particularmente me suele traer la imagen de aquella, sin igual, sin embargo, Santa Sofía. Cuando la recuerdo, suelo asociarla con la magnificencia de nuestra catedral. Y por qué no, también asocio el mismo celo apostólico de sus inspiradores.
Por Rodrigo López Barros




