COLUMNA

El ego como enemigo

La estabilidad de una nación requiere conducción serena, con miras al futuro y con decisiones que reflejen una visión de Estado, no de ego.

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En la era digital, donde cada palabra deja una huella indeleble, el ego puede convertirse en el peor enemigo de un líder político. La historia nos ha demostrado que el verdadero estadista es aquel que trasciende sus emociones para pensar en el bien común. Sin embargo, en muchos países, los líderes han gobernado más desde la impulsividad que desde la estrategia, priorizando su imagen personal sobre el bienestar ciudadano.

Un estadista entiende que el poder no es un pedestal personal, sino una responsabilidad colectiva. Las grandes decisiones deben tomarse con visión de futuro, pensando en la estabilidad de la nación y no en las batallas individuales de quien gobierna. Sin embargo, el ego desmedido ha llevado a muchos líderes a utilizar el poder como una plataforma de autoafirmación, donde sus discursos grandilocuentes y su presencia en redes sociales pesan más que los resultados de su gestión.

Este fenómeno no es nuevo. En la política, los egos desmedidos han sido la raíz de crisis y fracasos. Líderes que no controlan sus emociones terminan atrapados en una espiral de decisiones erráticas, desdibujando su legado y dañando la confianza de su pueblo. Su obsesión con la imagen pública y la necesidad constante de reafirmación convierten su gobierno en una secuencia de impulsos más que en una estrategia de gobierno. Se dedican a reaccionar, a enfrentarse con quienes los contradicen y a buscar enemigos en lugar de soluciones.

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