Luego del discurso inclusivo de Francia Márquez, donde se habla de todos, todas y todes, muchos amanecieron indignados por el maltrato al santo y bendecido Castellano, con vergüenza ajena, por aquello que lleguen a pensar los habitantes de la madre patria “súbditos de la familia Borbón” al escuchar frases como “mayores y mayoras” la primera que vocifero su malestar fue la senadora del anacronismo “no confió en la ONU porque ahí está la Unión Soviética” entre muchos colombianos amantes del idioma de Cervantes, quienes han utilizado las redes sociales para protestar por este mal uso del idioma, muchos con elegancia y mística, otros con insultos, discriminación y en ocasiones con una ortografía repudiable.
Ignoran todos, todas y todes que el lenguaje es una construcción social, cultural e histórica, que se lega de generación en generación y que, en ese viaje muchas de sus palabras mueren ahogadas en ese océano profundo cargado de simbolismo, mientras otras nacen en el seno de los nuevos sistemas culturales.
El ser humano como ser social, siente la necesidad de relacionarse con otro y de identificar con símbolos universales (para la comunidad) el mundo que los rodea, es de esta manera como construye el idioma, la mayoría de las lenguas principales, son el resultado de constructos culturales nacidos en el contexto histórico del patriarcado, es decir bajo un sistema cultura que a la luz del diccionario Asilo, es el que mantiene la subordinación e invisibilización de las mujeres y todo aquello considerado como ‘femenino’, con respecto a los varones y lo ‘masculino’, creando así una situación de desigualdad estructural basada en la pertenencia a determinado ‘sexo biológico.




