En días pasados, el déspota Maduro suscribió una carta dirigida al Papa León XIV suplicando su intervención para lograr la paz en Venezuela, lo cual, de entrada, es una contradicción, pues el conflicto humano que existe allí es obra de Chávez y de él mismo, como su sucesor, destructores ambos de la libertad y de los valores democráticos en aquel noble pueblo.
Bien conoce la comunidad universal el estado de cosas horrorosas en que el dictador Maduro y su antecesor tienen sumida a Venezuela desde hace unas tres décadas, situación aflictiva que el Papa conoce; como también sabe el fracaso de los diálogos que cursaron en ese país años anteriores, precisamente estimulados por su antecesor el Papa Francisco, quien, entre otras cosas, nunca quiso viajar adonde correspondiera a hablar con el soberano Putin, autor de la guerra en Ucrania y su posible resolución. Él, quien tantas giras emprendiera por el mundo cada vez que su credo ideológico lo impulsaba, alguien me anotó.
Aquellos diálogos irresolutos decepcionaron al mundo y especialmente a los venezolanos; el tirano los deseaba con malicia, como ahora, con el único objeto de servirse de ellos para afianzarse en el trono.
