En días pasados, el déspota Maduro suscribió una carta dirigida al Papa León XIV suplicando su intervención para lograr la paz en Venezuela, lo cual, de entrada, es una contradicción, pues el conflicto humano que existe allí es obra de Chávez y de él mismo, como su sucesor, destructores ambos de la libertad y de los valores democráticos en aquel noble pueblo.
Bien conoce la comunidad universal el estado de cosas horrorosas en que el dictador Maduro y su antecesor tienen sumida a Venezuela desde hace unas tres décadas, situación aflictiva que el Papa conoce; como también sabe el fracaso de los diálogos que cursaron en ese país años anteriores, precisamente estimulados por su antecesor el Papa Francisco, quien, entre otras cosas, nunca quiso viajar adonde correspondiera a hablar con el soberano Putin, autor de la guerra en Ucrania y su posible resolución. Él, quien tantas giras emprendiera por el mundo cada vez que su credo ideológico lo impulsaba, alguien me anotó.
Aquellos diálogos irresolutos decepcionaron al mundo y especialmente a los venezolanos; el tirano los deseaba con malicia, como ahora, con el único objeto de servirse de ellos para afianzarse en el trono.
Todo eso, y seguramente más, bien lo conoce el Papa, quien cuenta con un servicio de información espontáneo y diplomacia sutil, difícilmente imitables. Roma fue imperial y lo sigue siendo.
El Papa y el mundo entero están minuciosamente enterados de lo que ocurre en aquel país martirizado por el anticristiano Maduro. No obstante, el Papa, como buen samaritano, no tuvo inconvenientes en aprontar su respuesta pública positiva para satisfacer al opresor, dejando a la opinión pública internacional y especialmente a los libertarios de Venezuela viendo un chispero.
Y, por tanto, he ahí la razón de la queja certera, que yo comparto enteramente, de la señora Elizabeth Sánchez Vega, venezolana, publicada en las redes sociales, en las que se confiesa cristiana.
Esta valiente señora le recuerda al Papa las palabras de Cristo: “Felices los que trabajan por la paz”. Pero también el momento en que Cristo se planta frente a los hipócritas de su tiempo y les llama por su nombre; que no quieren prestarse a más engaños. Pongamos nosotros también las barbas en remojo.
En verdad, uno se pregunta por qué el Papa aconseja nuevos diálogos políticos en Venezuela con el autócrata, siendo que no hay señales que indiquen una conducta diferente ahora, sino más bien la idea interna de recibir con ellos un renovado aire de subsistencia en el poder.
En cambio, la opinión pública del mundo democrático vería con muy buenos ojos que el Papa trabajara persuadiendo al omnímodo que entregue el poder, que tiene ilegítimamente, lo cual quizá no ocurra, sin embargo, porque históricamente no ha sido fácil separar el poder político del religioso y el religioso del político, como que eso es así desde el Concilio de Nicea, convocado por el Emperador Constantino, año 325 d. C., población próxima a la hermosa ciudad de Estambul, antes Constantinopla, antes Bizancio, de dique iluminado, República de Turquía.
Nicea, donde alguna vez estuve tras las huellas del citado Emperador, el artífice de aquella jugada maestra.
Por: Rodrigo López Barros.





