Imagínese el drama. Un día usted se acuesta tranquilo. De pronto, despierta no solo sobresaltado, sino aterrorizado. Su cuerpo está incompleto; una de las extremidades le ha sido amputada sin que a usted, con pleno uso de sus facultades mentales y físicas, se le consultara la decisión. Se la amputaron en un acto indolente y dictatorial, como si su vida o su opinión no valieran cinco centavos.
En el colmo de la indolencia, del desprecio por el ser humano, los días transcurren sin que ningún médico, o autoridad de la clínica, se digne darle alguna explicación para paliar su desesperanza. Solo oye rumores de voces vecinas especulando que la amputación era necesaria para salvar al mundo. Alguno, en el colmo del cinismo, llegó a afirmar que el mundo bien vale la pena para unos cientos de víctimas.
¿Puede tomarse la decisión de amputación sin consultarle a la futura víctima? ¿Quién asume el costo de semejante barbaridad? ¿Quién y cómo se compensa a aquellos a quienes se les arrebató su sustento y su legado?




