¿Será que el Creador ya sabía desde el principio de los tiempos todo el desorden que iba a presentarse bajo el cielo y todo lo que iba a pasar en el mundo? Todos los creyentes lo dan por hecho, al fin y al cabo, es el omnisciente, el omnipotente, el Todopoderoso. Sin embargo, tal como lo anoté en mi columna pasada, ¿será que le tocará de nuevo venir a salvar a la humanidad, aunque ya una vez tuvo que venir y sacrificarse por ella?
Creo que no, mis queridos lectores, tal como afirman los creyentes, la Salvación de la raza humana vendrá por el Fuego, y vaya Fuego el que estamos observando, hasta entre amigos hay fuego. Creo que no es necesario que retorne a la Tierra para darnos cuenta de que muchos están soportando sin morir el mismísimo infierno. Y entonces, muchos podrán reflexionar sobre lo valiosa que es la vida, aunque hay muchos que pensarán que más valiosa es la muerte en estos días difíciles (bastante difíciles) que atraviesa la humanidad, pues podrán aludir que la vida solo es un delirio febril de alegrías amargadas por la tristeza y placeres envenenados por el dolor y que más que un sueño, como solía decir Calderón de la Barca, es un turbulento ensueño de gozos espasmódicos y fugaces, éxtasis triunfales y exultaciones felices entremezcladas con interminables desdichas, padecimientos, amenazas, horrores, desengaños, fracasos, afrentas y angustias, es decir, la mayor maldición imaginable por el ingenio no del Creador, diría yo, sino del hombre.
Somos nosotros los que podemos darles sentido a nuestras vidas, somos nosotros los únicos responsables de avanzar y guiar a muchos más hacia un camino que conduzca a la paz, abandonando el odio y el rencor, somos capaces cuando nos lo proponemos, de eso estoy absolutamente seguro, mis queridos lectores. Pero ¿Qué tanto estamos dispuestos a sacrificar por ello? A veces ni siquiera pensamos en ello y solamente queremos que todo cambie abandonándonos en el reposo y en el olvido de lo que sucede a nuestro alrededor. Si somos réplicas del Creador, entonces ¿Por qué no aprovechar esa chispa divina con la que hemos sido ungidos y tratamos de evitar el dolor a nuestros semejantes?
Toda época de la historia humana parece estar teñida de sangre y pareciera algo inevitable desde el principio de los tiempos, atormentada por el odio y salpicada de crueldad, o si no, recordemos al primer asesino, son rasgos que desde los tiempos bíblicos no han conocido límite alguno. Incluso la Iglesia, que de ayer a hoy ha derramado más sangre inocente que todas las guerras políticas juntas, tiene un límite, pero en otros lados aún se mata en nombre de algún Dios. ¡Qué Horror! Como decía mi amigo Carlos López Riveira. Ahora pareciera que no hay distingos entre el humano inocente y el culpable. Los niños son víctimas de la violencia desde que nacen, o por qué no decirlo, incluso, antes de nacer. Muchos niños mueren cada día de hambre, de sed, por bombas creadas por el hombre, de esas que absurdamente no discriminan entre inocentes o culpables, pero me pregunto ¿Culpables de qué? De pensar diferente, por estar pisando una tierra que se disputan unos que se proclaman propietarios de esta, sin pensar alguna vez que el planeta es de todos. Y podríamos, sin duda, de estas situaciones, extraer cientos de interrogantes que arrojarían más preguntas que respuestas a los mismos.
Si somos creados a imagen y semejanza de un Creador, entonces ¿En dónde quedan algunas palabras que escuché alguna vez en algún lado y que aún retumban en mi cabeza? Como, por ejemplo: “Bienaventurados los humildes, porque ellos poseerán la tierra (Hoy son muchos los que son obligados a abandonar sus tierras). Bienaventurados los que lloran, porque ellos hallarán consuelo (hoy no lo veo, en realidad se los digo). Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. (Muchos aún se encuentran implorando justicia y no la reciben, y como lo vemos, más bien son perseguidos por ella y el verdadero infractor goza jactándose de impunidad).
Solo aspiro, mis queridos lectores, a que seamos nosotros mismos capaces de arreglar nuestro desorden bajo el cielo y no esperar que llegue “nuestro papá” y nos castigue ante ello y que al final, nos toque a regañadientes arreglarlo.
