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El cielo, ¿Fantasía o realidad?

Luego de haber vuelto de la misión a la que les había enviado Jesús, el heterogéneo grupo de aquellas setenta y dos personas, que fueron de pueblo en pueblo anunciando la llegada del Reino de Dios, se reunió nuevamente con el Maestro. En sus rostros cansados se reflejaba una extraña alegría; habían estado caminando probablemente durante días, tal vez habrían dormido a la intemperie en más de una ocasión, los alimentos tomados quizás no habrían sido los mejores. Pero la emoción del encuentro, la efusividad al contar las historias vividas y la satisfacción que se respiraba en el ambiente hacían captar la felicidad de todos.

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Por Marlon Javier Domínguez

Luego de haber vuelto de la misión a la que les había enviado Jesús, el heterogéneo grupo de aquellas setenta y dos personas, que fueron de pueblo en pueblo anunciando la llegada del Reino de Dios, se reunió nuevamente con el Maestro. En sus rostros cansados se reflejaba una extraña alegría; habían estado caminando probablemente durante días, tal vez habrían dormido a la intemperie en más de una ocasión, los alimentos tomados quizás no habrían sido los mejores. Pero la emoción del encuentro, la efusividad al contar las historias vividas y la satisfacción que se respiraba en el ambiente hacían captar la felicidad de todos.

Señor, todo lo que nos proponemos hacer en tu nombre nos es posible: los enfermos sanan, los desconsolados encuentran alivio, los tristes vuelven a la alegría y ¡hasta los demonios se nos someten!” Las palabras de los efusivos misioneros dan oportunidad para que Jesús dé una de sus grandes lecciones: Es cierto que han hecho cosas admirables, es cierto que los motivos para estar felices sobran, pero no es menos cierto que el principal de los motivos para sentirse plenos es que “sus nombres están escritos en el Cielo”.

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