Por Leonardo José Maya
Un domingo de junio a eso de las 10 de la mañana llegué a su casa, ahí estaba el hombre con tres amigos. Yo no lo había tratado mucho pero si lo conocía perfectamente, más aún, llevaba años conociéndolo.
Nos recibió con entusiasmo y comenzamos a hablar como dos viejos amigos del barrio, lo que él no sabía es que yo le tengo una inmensa gratitud guardada.




