Bajo la sombra del árbol del patio, el abuelo suele descansar al ritmo pendular de la mecedora. Le acompaña la soledad del tiempo circular de la ausencia y el olvido. Camina agarrado al bastón que sostiene los días de sus ojos, lento repite las distancias que desde todos los lugares de la casa lo conducen a la cama o a la mecedora, donde acostumbra esperar a los que ya no están o a los que a veces llegan.
El viejo vive en la frontera del crepúsculo, asediado por el peso de los años y las enfermedades. La luz se adelgaza en sus ojos y deja en un lugar del espejo los días que ya están próximos a la noche. En la ventana sueña mirar los caminantes, el pájaro que se detiene en la rama del viento, la sonrisa inocente de los nietos y las palabras de sus hijos y amigos.
Esa es la triste realidad de algunos abuelos asediados por la ingratitud de hijos y nietos. A propósito, les comparto esta historia que sucedió en un pueblo cercano a Valledupar: una trampa para vencer la soledad de la muerte de un abuelo.
El viejo estaba enfermo, lo acompañaba su mujer y todos los días lo visitaba su hijo mayor, que llevaba alimentos. El viejo, con su mirada en lejanía, esperaba la presencia de sus otros hijos o algunos de sus nietos. Varios meses de padecimiento y cansancio; a veces le contaba al hijo las congojas de los sueños.
La casa antigua, típica de los pueblos campesinos, con patio y traspatio. En el traspatio estaban los cimientos de una casona vieja; en una ocasión, cuando cavaban para hacer una poza séptica, encontraron restos humanos y pensaron que eran de un cacique indígena que podría estar enterrado con sus tesoros. Algunos de los vecinos decían que en ciertas noches veían espirales de luces en ese lugar.
El hijo mayor, preocupado por el comportamiento ingrato de sus hermanos y sobrinos, tuvo una idea genial para vencer la soledad de su padre. Viajó a Valledupar y trajo a un señor elegante, de corbatín y camisa blanca; los dos se encerraron por largo tiempo con el viejo; después mandó llamar urgente a sus hermanos y les contó que el ‘sabio adivino’ había descubierto el significado de las pesadillas del viejo.
El ‘sabio adivino’, con habilidad narrativa, dijo: “Entre las pesadillas que rondan los sueños del viejo, hay dos espíritus: uno es el sendero de buenas noticias; el otro es el portador de un maleficio. Para evitar que entre el ‘espíritu malo’, el viejo debe dormir con vestido blanco, así entrará el ‘espíritu bueno’ y la suerte le será revelada. Conocerá la ruta
de la tumba del cacique, donde se esconde el tesoro. El viejo despertará sonriente una mañana, y al primer nieto que llegue le entregará el secreto”.
Esa astucia del hijo mayor fue la clave para que los nietos, pensando en el tesoro del cacique, fueran a visitar todos los días al abuelo enfermo.
Por José Atuesta Mindiola
