La rosca vallenata no podría considerarse un accidente, ni una mera coincidencia, así como tampoco una simple desviación del orden social; es, para decirlo con rigor casi académico-científico, un sistema. Tiene método, tiene liturgia, tiene símbolos, y, como toda estructura compleja, posee una lógica interna que la hace resistente al tiempo, a las críticas y, sobre todo, al talento. Estudiarla no es un acto de curiosidad ociosa, sino una empresa que exige paciencia hermenéutica y una disposición casi antropológica. Comprenderla, en cambio, puede aspirar a un rigor científico superior, aunque el lector perspicaz advertirá que este exceso de solemnidad no es más que una forma elegante de sarcasmo o una especie de perorata restañada de argumentos pleonásticos.
Desde muy temprano se nos enseñó, en la escuela y en la vida, que el círculo es la figura geométrica perfecta: no tiene aristas, no tiene inicio ni fin, todo punto equidista del centro. Pero esa perfección, trasladada al ámbito social, se vuelve claramente asfixiante u opresivo. El círculo social en este ámbito no lo podríamos considerar armonía; todo lo contrario, es clausura. La rosca representa un solipsismo colectivo, una comunidad que solo reconoce como válido aquello que se refleja en sus propios miembros. Lo externo no existe; y si existe, incomoda.
En nuestra provincial patria chica —Valledupar —, esta figura adquiere una particularidad casi estética. No se podría entender como únicamente de un entramado de favores, sino de una identidad casi limitante o relacionada con la autoctonía. La rosca no es solamente heredada o legada, aunque el apellido ayuda; se transmite por cercanía, por lealtad, por la silenciosa aceptación de reglas no escritas y muchas veces contrarias a nuestra moral. Es un conocimiento tácito, un lenguaje cifrado que se aprende observando, no preguntando. Quien pregunta demasiado, sobra.
Hegel, si hubiese paseado por estas latitudes, habría encontrado aquí un laboratorio social fascinante. En su Fenomenología del Espíritu, el filósofo alemán sostuvo que la búsqueda de reconocimiento es el motor fundamental de la autoconciencia humana, y que la libertad solo emerge cuando ese reconocimiento es recíproco y racional. En nuestra rosca vallenata ocurre exactamente todo lo contrario. No se gana el reconocimiento por la excelencia del hacer, sino, más que todo, por la pertenencia al ser parte de. Tampoco importa lo que se produce, sino a quién se pertenece. Dejando en evidencia que se subvierte la metafísica del mérito por la metafísica del apellido, del guiño, de la lealtad silenciosa.
Esta lógica por su condición no es modernista y tampoco exclusivamente local. Durante mis años de estudiante de derecho, en aquellas clases de historia de las ideas políticas, apareció una tesis que hoy resulta, inquietantemente muy vigente: la llamada Ley de Hierro de la Oligarquía, formulada por Robert Michels. Según Michels, toda organización —por más democrática que se proclame— tiende inevitablemente a concentrar el poder en una minoría que se cierra sobre sí misma para autopreservarse. La rosca, en su esencia, no es otra cosa que la cristalización cotidiana de esa ley. Bajo la apariencia de procedimientos participativos, se reproduce con rauda ampliación de una lógica cerrada que confunde estabilidad con inmovilidad y consenso con obediencia. El lenguaje se vuelve técnico, críptico; las decisiones, previsibles. Aparecen las sinecuras: cargos que no exigen trabajo, sino presencia; puestos que no demandan ideas, sino gratitud. La estructura se mantiene sin tener en cuenta la eficacia, sino por su amplia capacidad de excluir.
La verdadera tragedia de la rosca vallenata no está basada de manera única en la injusticia que padece el excluido. Esa es evidente y dolorosa. La tragedia más profunda —y menos comentada— es la esterilidad intelectual del incluido. Al eliminar la fricción con el talento externo, al blindarse frente a la crítica y la competencia, el grupo cerrado siempre será condenado a la repetición. Se repiten los nombres, las ideas, los errores. La innovación se vuelve sospechosa; el pensamiento crítico, una amenaza. Y así, muy progresivamente, llega la decadencia en todas sus formas, habidas y por conocer.
Basta observar con propio testimonio personal a nuestros jóvenes para advertirlo. Profesionales formados con rigor, con posgrados, con experiencia, golpeando una y otra vez las puertas del “no”. La capacidad existe, pero la carencia de pertenencia lo impide. Y por supuesto, quienes han aprendido temprano el abecé de la rosca —aunque no dominen ningún otro— acceden a oportunidades que muchos anhelan como si fueran premios naturales. La sensación que produce este contraste causa demasiada indignación; es alipori, esa vergüenza ajena que nace cuando el mérito observa, impotente, cómo la mediocridad se pavonea.
En Valledupar, asistimos a una endogamia relacional que asfixia el dinamismo social. Es el triunfo de la cooptación sobre la aptitud, de la lealtad sobre la excelencia. Una arquitectura de poder que ha confundido la estabilidad con el hermetismo y la gobernabilidad con el silencio. Todo funciona, sí, pero funciona siempre igual.
Por ello, la afirmación popular según la cual “lo malo de la rosca no es estar en ella” fracasará siempre y no por lo ingenua que parece, sino porque conceptualmente es vacía y espuria. Toda pertenencia es ya una toma de posición ética. No se habita un sistema cerrado sin asumir, consciente o inconscientemente, la lógica que lo sostiene. La rosca exige adhesión, reclama silencio y recompensa la renuncia progresiva al pensamiento crítico. En ese sentido, no es solo un mecanismo de exclusión, sino una pedagogía de la mediocridad. Su mayor victoria podría pensarse que consiste en cerrar puertas, pero no, es lograr que quienes entran olviden por qué alguna vez quisieron abrirlas. Y no se trata de supervivencia social porque cuando vilmente la conveniencia reemplaza a la convicción y la cercanía suplanta al mérito, estamos frente a una forma lenta y respetable de abdicar de la libertad interior. Cediendo el control de la propia paz, decisiones y valores ante circunstancias externas, miedos o dependencias, intercambiando la autonomía esencial por una seguridad temporal o comodidad.
Puede ser, quizás, que la pregunta decisiva no sea quién está dentro o fuera de la rosca, sino qué precio está dispuesto a pagar cada uno por pertenecer. Siempre hay exclusiones que duelen, pero también hay inclusiones que empobrecen. Y entre ambas, queda siempre la posibilidad, cada vez más rara, pero todavía intacta, de elegir no el lugar que se ocupa, sino la forma en que se piensa y se vive.
Lo demás empieza ahora. Esto es solo el prólogo.
Jesús Daza Castro
