La profesora del colegio citó a los padres de Sarita (nombre ficticio) de manera urgente a una reunión donde además se había invitado a la psicóloga. El motivo: poner unas quejas del comportamiento de la niña en su salón de clases y su peligroso comportamiento con sus compañeros.
La profesora de Sarita empezó diciendo a los papás, que la niña no se quedaba quieta, hablaba mucho, se levanta de su silla e interrumpe a sus compañeros, se distrae con facilidad, termina las actividades primero que todos y en vez de quedarse sentada en silencio, se levanta a molestar a sus compañeros de clase, pero mucho peor, últimamente inventa historias y relatos que no son ciertos, ha empezado a mentir. ¿Se les hace conocida esta historia? Estoy seguro que es la constante de todos los padres que tenemos hijos pequeños (menores de siete años) y que solo debemos cambiar el nombre de la niña por cualquier otro y la historia encaja perfectamente. Ahora bien, ¿en qué momento normalizamos que los niños por ser creativos, hablones, preguntones, incansables y con la capacidad de creatividad en su mayor etapa de formación, convirtieran esto en un problema para los colegios y para los profesores? ¿No se supone que para eso son niños?
El modelo de educación que tenemos hoy, que además es obligatorio y gratuito en lo público, y que por desgracia corresponde a programas que vienen empaquetados por los ministerios de Educación y supervisados estrictamente para que sean impartidos en su integralidad sin modificaciones o alteraciones al mismo, ha demostrado que no solo es inconveniente, sino obsoleto y perjudicial para la formación del cerebro de los niños porque enfatiza en la memorización de información y quita importancia a aspectos como el juego, la creatividad o la inventiva, que son claves en su desarrollo. De esto, hay abundantes estudios que confirman que el modelo de educación en América Latina tiene por lo menos un siglo de atraso.
Pero no solo hablamos de la educación temprana, es todo el modelo, incluso hasta las carreras universitarias. Hoy por hoy existen millones de estudiantes que cursan carreras cuya aplicación práctica dejó de existir y otras que desaparecerían en menos de una década. Entonces, ¿por qué seguimos en lo mismo?
Para que el lector se haga una idea ¿Sabía usted que los contenidos curriculares que se imparten en el país y gran parte del continente no son elaborados por maestros o pedagogos sino por economistas, ingenieros financieros y sociales? ¿Por qué las jornadas escolares son de seis y algunas de ocho horas? ¿Por qué el diseño de los colegios se asemeja a bodegas, cárceles o barracas? No son simples casualidades ni diseños estandarizados para ahorrar costos, son milimétricamente pensados para matar cualquier señal de verdadera educación porque los niños y también los adolescentes necesitan mucho más que saber leer y escribir, y ojo porque en el futuro próximo ya no será una habilidad, puesto que la IA hará todo por nosotros desplazando para siempre la única cualidad que nos ponía por encima del reino animal y nos separaba del primate.
La vida real exige que la escuela enseñe destrezas prácticas, por ejemplo, a alimentarnos saludablemente, inteligencia financiera, inversiones o planes de ahorro, planificación, gestión de emociones, relaciones interpersonales, ecología, valores, principios y, por supuesto, educación sexual, entre muchas otras habilidades que cuando sean adultos deberá dominar.
El conferencista y empresario José Bobadilla se refiere a la educación actual como “una fábrica de salchichas”, porque su modelo se asemeja a un proceso industrial donde a través de una estandarización se sacan productos iguales. Ahora bien, ¿todo está mal? No, muchas instituciones complementan el modelo obligatorio con estrategias psicopedagógicas donde priorizan y estimulan la creatividad, la lógica, el pensamiento crítico y, lo que es más importante, la formación en valores. Entonces, si tienes hijos pequeños y los profesores y la psicóloga te dicen que tu niño tiene “déficit de atención”, “trastorno de no sé qué cosa” y otra serie de nombres que le pusieron a lo que los niños hacen: ¡sácalo de ese colegio! No quieren niños, quieren un producto estándar.
Por: Eloy Gutiérrez Anaya.
