COLUMNA

“Dos detalles inalterados”

Se celebraba la fiesta más importante del año: una noche en la que cada familia judía conmemoraba, a través de una cena ritual, el acontecimiento más importante de la historia de su pueblo.

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Por Marlon Javier Domínguez

Se celebraba la fiesta más importante del año: una noche en la que cada familia judía conmemoraba, a través de una cena ritual, el acontecimiento más importante de la historia de su pueblo. Aquella noche era el centro de sus vidas, la prueba fehaciente de que Dios no les había olvidado nunca y no les estaba olvidando ahora, aquella noche era para todos el memorial perenne de la liberación, el recuerdo sostenido en el tiempo del actuar de un Dios que quiso salvar a un pequeño grupo de esclavos. Todo estaba ya dispuesto, la mesa preparada de manera meticulosa para que nada faltara: el cordero asado, las hierbas amargas y un raro aderezo, pan sin levadura y varias jarras de vino.

Todos conocían el ritual, habían celebrado Pascua tantas veces en sus vidas que podían repetir literalmente las palabras de aquella noche: las hierbas amargas y el pan ázimo representaban la esclavitud, lo mal que la pasaron en tierra extraña y los duros trabajos que tuvieron que soportar; el cordero, por su parte, era signo del sacrificio con el que se pretendía agradar a su Dios y traía a la memoria la forma como fueron marcadas las puertas de las casas judías buscando salvarse del exterminio; el vino era símbolo de la alegría, de la liberación y del pacto sellado en el Sinaí. 

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