Por Imelda Daza Cotes
El fantasma de la crisis que recorre Europa sacude a la tranquila Suecia. Una oleada de protestas callejeras en la periferia de Estocolmo se extendió rápidamente a otras ciudades más al sur y ha sorprendido a una población no acostumbrada a estos tropeles.
La chispa de la ira colectiva se prendió por la muerte de un inmigrante con problemas psíquicos, a manos de la policía. Ocurrió en un barrio populoso al noroeste de la capital y la reacción de los vecinos no se hizo esperar. Jóvenes desempleados, cargados de frustraciones, sin futuro, sin ocupación útil, víctimas del racismo que los estigmatiza como “gente problema”, “ciudadanos de tercera” se lanzaron a las calles a quemar carros, romper vitrinas y enfrentar a las patrullas policiales. Espontáneamente desahogan la rabia contenida y denuncian los problemas que padecen. Los rebeldes viven en barrios de mayorías extranjeras, muchos son nacidos en Suecia, hijos de inmigrantes que vinieron aquí huyendo de guerras y conflictos armados. Detrás de ellos no hay ninguna organización que los articule ni que promueva las acciones, por eso se espera que los disturbios se diluyan pronto.




