El adagio popular dice que no se puede poner al gato a cuidar a los ratones porque más temprano que tarde termina comiéndoselos, por ende, no podemos poner a los políticos a que sean quienes manejen y controlen el sistema electoral en un país donde los niveles de corrupción tocaron un límite jamás pensado, porque lo que terminan montando es una organización delictiva que deslegitima todo el proceso democrático, y sobre esto los hechos hablan por sí solos.
El simple hecho que el CNE (Consejo Nacional Electoral) sea elegido por el Congreso de la República genera la natural desconfianza por las razones de credibilidad que tiene esa institución y que todos conocemos, puesto que los nueve magistrados elegidos salen de los mismos partidos políticos que sean mayoría en el congreso en el momento de la elección, es decir, “los mismos gatos eligiendo a quienes cuidarán los ratones.”
Pero el sistema está más podrido de lo que el ciudadano se alcanza a imaginar, debido a que han podido camuflar detrás de un proceso aparentemente “democrático”, “libre” ,“transparente”, “participativo” y “representativo”, todo un andamiaje donde la clientela, el chantaje, el delito y todas las formas de engaño y transgresión, les garantiza apropiarse de los impuestos para reelegirse periodo tras periodo.




