En el reciente conversatorio de la Segunda Feria del Libro titulado ‘Para la música no hay fronteras, pero sí derechos’, Rosendo Romero, un pilar del vallenato, pronunció una frase que merece ser el eje de una reflexión sobre la evolución de este género musical: “Dejen a los muchachos tranquilos”. La diferencia entre el vallenato tradicional y los compositores y cantantes actuales es un tema que suscita pasiones y debates, no solo en el ámbito musical sino también en el cultural.
El vallenato, con sus raíces profundas en la costa Caribe colombiana, ha sido históricamente un reflejo poético y narrativo de la vida cotidiana. Los juglares de antaño, como Escalona y el propio Romero, fungían como cronistas de su tiempo, tejiendo historias de amor, desamor, paisaje y sociedad con una lírica rica y compleja. Estas canciones se convirtieron en patrimonio cultural, no solo por su melodía, sino por la narrativa que encapsulaban.
Hoy, sin embargo, el panorama parece haber cambiado. Muchos críticos y puristas del vallenato apuntan a que los cantantes actuales se quedan en el rol de animadores de tarima, priorizando el espectáculo y la fama instantánea sobre la profundidad poética.




